Un Riesgo Silencioso y Traicionero

En Colombia, el marco laboral está construido sobre un principio que, aunque nació para proteger al trabajador, hoy se ha convertido en un arma de doble filo para las pequeñas empresas: el principio de primacía de la realidad sobre las formalidades. Este principio, consagrado en el Artículo 23 del Código Sustantivo del Trabajo (CST), permite que un juez declare la existencia de un contrato laboral incluso cuando ambas partes acordaron otra modalidad contractual.
¿Qué dice exactamente el Código?
El Artículo 23 del CST establece que existe contrato de trabajo cuando concurren tres elementos:
1. Prestación personal del servicio.
2. Subordinación o dependencia.
3. Remuneración.
Y agrega que, si estos elementos se prueban, se entiende que existe contrato de trabajo “cualquiera sea la forma o denominación que se le dé”.
Esto significa que, aunque dos adultos acuerden libremente un contrato por obra, por labor específica o incluso un contrato civil, el juez puede desconocer ese acuerdo si interpreta que hubo subordinación.
A esto se suma el Artículo 45 del CST, que regula el contrato por obra o labor, pero cuya aplicación práctica ha sido limitada por la jurisprudencia, que tiende a convertir casi cualquier relación en contrato laboral si hay continuidad o instrucciones mínimas.
Finalmente, la Corte Suprema ha reiterado que es el empleador quien debe probar que NO hubo subordinación, incluso si el trabajador actuó con mala fe o tergiversó los hechos a su acomodo.
El problema: el sistema presume culpa del empleador, nunca la mala fe del trabajador.
En la práctica, esto genera un escenario injusto:
- El trabajador puede denunciar alegando subordinación, incluso si aceptó voluntariamente un contrato por obra o labor.
- El empleador debe demostrar lo contrario, aun cuando cumplió con los pagos y actuó de buena fe.
- El juez, por supuesta carga laboral, puede tardar meses o años en fallar.
- Durante ese tiempo, las sanciones, intereses y costos procesales crecen, “engordando” la condena hasta niveles que pueden quebrar a una pequeña empresa.
El sistema protege al trabajador, pero no contempla mecanismos para sancionar la mala fe, ni para proteger a la empresa cuando la denuncia es infundada.
La paradoja: dos adultos acuerdan, pero el sistema invalida su voluntad y presume de entrada la mala fe del empleador.
En el caso que nos ocupa:
- El trabajador aceptó voluntariamente un trabajo por obra o labor.
- Hubo un acuerdo de voluntades entre dos personas adultas.
- La empresa pagó puntualmente lo pactado y dio amplias libertades de tiempo al trabajador para realizar su labor y presentar sus resultados.
- No hubo subordinación real, sino la coordinación propia de una obra específica que el trabajador realizo a su ritmo.
- El juez utiliza como agravantes para imponer una injusta condena el hecho de que la empresa facilito al trabajador elementos que no poseía ni podía costear como un correo empresarial, un equipo celular, un computador y un escritorio para apoyar su labor.
Aun así, el sistema permite que:
- El trabajador demande alegando un contrato realidad.
- El juez presuma subordinación.
- La empresa cargue con la prueba.
- La demora judicial incremente la sanción.
El resultado: A la empresa le es impuesta una considerable y desproporcionada condena economica, no por incumplir con su parte de lo contractualmente acordado, sino por confiar en la palabra de alguien que actuó con deslealtad.
Conclusión:
El Código Sustantivo del Trabajo, diseñado para proteger al trabajador, termina castigando a las pequeñas empresas cuando se enfrentan a denuncias infundadas. La justicia lenta, la presunción de subordinación y la ausencia de sanciones a la mala fe generan un entorno donde la deslealtad se vuelve rentable.
Es urgente abrir un debate sobre:
- La necesidad de equilibrar la protección laboral.
- La responsabilidad del trabajador cuando actúa con dolo.
- La obligación del Estado de fallar con celeridad para evitar sanciones desproporcionadas.
- Los mecanismos para gestionar efectivamente este riesgo silencioso y traicionero
Una pequeña empresa no debería estar al borde de la quiebra por haber confiado en la palabra de alguien que decidió aprovecharse del sistema.